De lo más interesante que he leído en los últimos días sobre las elecciones en Brasil, recomiendo el newsletter de Daniel Schteingart, el análisis de mi colega Juan Machado, y el análisis de Marco Antonio Faganello.
En esta newsletter normalmente no escribimos sobre elecciones en otros países a menos que haya hallazgos particularmente relevantes para el Ecuador. Hoy, ese es el caso.
Este no es un análisis de la segunda vuelta de Brasil porque eso se lo dejamos a los expertos locales, sino una comparación entre la mecánica electoral que explica el triunfo de Lula en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Brasil en 2026 y la mecánica detrás del triunfo de Daniel Noboa en las elecciones presidenciales de Ecuador en 2025. La elección de Brasil nos hace mirarnos al espejo en Ecuador.
Cuando terminó el conteo, Lula ganó con 52% por sobre el 48% de Flávio Bolsonaro. Se esperaba una segunda vuelta apretada, y las posibilidades de ganar de Lula estaban en duda dado que en la primera vuelta tres semanas antes había quedado en segundo lugar detrás de Bolsonaro (47-45).
Pero Lula ganó alcanzando más de 64 millones de votos, es decir, sumando más de 10 millones de votos por encima de lo que había conseguido en primera vuelta. Bolsonaro, en cambio, sumó solamente 3.7 millones con respecto a la primera vuelta y perdió la elección alcanzando, en total, casi 60 millones de votos.
En las primeras declaraciones de la noche del domingo, Bolsonaro dijo que no reconocía el triunfo de su rival y alegaba fraude porque era imposible creer que Lula añadió 10 millones de votos a su cuenta con respecto a la primera vuelta. El miércoles 28 de octubre, tres días después de la elección y después de salir de Brasil con destino a Estados Unidos, Bolsonaro publicó una carta dirigida al pueblo brasileño en donde empezaba diciendo que en Brasil se produjo un fraude electoral puesto que es matemáticamente imposible que Lula haya sumado 10 millones de votos más que en primera vuelta.
Así, la proeza de ganar contra varios pronósticos y sumar apoyos por encima de lo esperado crea la percepción de una magnitud de votos adicionales exagerada y contribuye a la idea del fraude.
En realidad, es un tema de contabilidad.
Brasil nos brinda una oportunidad que se da con poca frecuencia: comparar dos elecciones seguidas, 2022 y 2026, con un contexto de polarización similar, con los mismos partidos políticos y prácticamente los mismos candidatos. Bolsonaro padre e hijo convocan al mismo electorado y son, para fines prácticos, el mismo candidato.
En 2022 Lula ganó la segunda vuelta y fue electo presidente con alrededor de 60 millones de votos. Jair Bolsonaro alcanzó 58 millones de votos y perdió la elección. Cuatro años después, en 2026, las mismas dos fuerzas políticas en un contexto similar de polarización se volvieron a enfrentar. Eso no pasa tan seguido.
En la primera vuelta de 2026, Lula sacó casi 54 millones de votos y Flávio Bolsonaro alcanzó 56 millones. Es decir, ambos candidatos incurrieron en un “déficit” con respecto a su votación de segunda vuelta en 2022: Lula recibió alrededor de 6.5 millones de votos menos, y Bolsonaro recibió 2.1 millones de votos menos que su padre.
Piénselo así: en una segunda vuelta, cuando sólo hay dos opciones, los electores deben obligadamente elegir una de las dos (o votar nulo, blanco, o ausentarse, por supuesto). En primera vuelta hay más opciones, y en la primera vuelta de 2026, votantes que en 2022 habían dado su apoyo a Lula o Bolsonaro, respectivamente, prefirieron otros candidatos, o votaron nulo o blanco, o no participaron en la elección. Sea por cualquier razón, el déficit representa el número de apoyos que no llegaron en primera vuelta, de un electorado que a la hora de elegir entre dos ya expresó su preferencia anteriormente. Estos votos están en la columna de color rojo de la tabla a continuación.

Visto así, la diferencia de votos entre la primera y segunda vuelta de 2026 (columna de color verde) incluye el déficit de votos que ambos candidatos no recibieron en primera vuelta con respecto a 2022. Lula recuperó los casi 6.5 millones de votos que no le llegaron en la primera vuelta pero que volvieron a la senda del Partido de los Trabajadores en la segunda, y Bolsonaro recuperó los 2.1 millones de votos que no le llegaron en la primera vuelta pero que volvieron a la senda del bolsonarismo.
Por sobre este déficit recuperado, Lula sumó 3.9 millones de votos más —esa es la contabilidad correcta— y Bolsonaro apenas acumuló 1.6 millones de votos más. Es la columna de color amarillo de la tabla.
Decir que “Lula consiguió 10 millones de votos más” ciertamente suena imposible. Decir que consiguió casi 4 millones de votos más de lo que alcanzó en 2022, considerando que la participación electoral aumentó, se redujeron el número de votos nulos y blancos, y los análisis de inferencia ecológica que circulan muestran que los votantes de los demás candidatos se volcaron mayoritariamente hacia Lula en la segunda vuelta, suena mucho más digerible.
Si algo muestran los resultados de la segunda vuelta no es que Lula pudo exprimir 10 millones de votos más por arte de magia. Es que el apoyo electoral de Bolsonaro es bastante estático: perdió poco con respecto a 2022 (déficit menor) pero ganó poco entre primera y segunda vuelta de 2026.
La elección de Brasil nos hace mirarnos al espejo en Ecuador porque la mecánica que explica la victoria de Lula es la misma mecánica detrás de la victoria de Daniel Noboa en las elecciones presidenciales de 2025.
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En 2025 en Ecuador hubo acusaciones de fraude por considerar que la votación de Noboa era inverosímil, igual que en Brasil. Uno de los participantes en la contienda no reconoció el triunfo de su rival por alegar que el resultado era matemáticamente imposible, igual que en Brasil. Y las encuestas antes de la segunda vuelta crearon la impresión de que sería una definición apretada porque utilizaron la votación de primera vuelta como factor de ponderación, igual que en Brasil.
El tema de las encuestas merece un post aparte (próximamente en este mismo canal). Basta decir por ahora que, en buena medida, el efecto de la ponderación se amplifica porque la distribución de los votos en primera vuelta es muy excepcional. Tanto en Brasil en primera vuelta de 2026, como en Ecuador en primera vuelta de 2025, alrededor del 90% de los votos de primera vuelta fueron a dos candidatos. La polarización, hermano.
Retomando. Las elecciones anticipadas de 2023 y las elecciones presidenciales de 2025 en Ecuador ofrecen la misma oportunidad que no se da con frecuencia: comparar los mismos candidatos, con los mismos partidos, compitiendo frente al mismo electorado polarizado.

Noboa en primera vuelta de 2025 incurrió en un déficit con respecto a los casi 5.3 millones de votos que le hicieron presidente en 2023. González incurrió en un déficit menor (370 mil votos no recibidos). Suena astronómico decir que Noboa sumó 1.3 millones de votos entre primera y segunda vuelta. Suena más digerible decir que más de la mitad de esos eran simplemente los votos que ya había recibido en 2023, que no recibió en primera vuelta de 2025 porque los electores prefirieron otras opciones, pero que volvieron a la senda en la segunda vuelta de 2026.
Noboa, en realidad, sumó alrededor de 600 mil votos más entre primera y segunda vuelta. Es un tema de contabilidad.
Si algo muestran los resultados de la segunda vuelta en Ecuador no es que Noboa pudo exprimir 1.3 millones de votos más por arte de magia. Es que el apoyo electoral de Luisa González es bastante estático: perdió poco con respecto a 2023 (déficit menor) pero ganó poco entre primera y segunda vuelta de 2025. Hay que añadir: de hecho, lo que sumó no le alcanzó para cubrir el déficit. Se quedó corta en 197 mil votos. ¿Es eso verosímil? Por supuesto.
En el Ecuador de los últimos ocho años ha habido una tendencia ascendente del voto no-correísta. No digamos “anti-correísta” porque no todo aquel que vota por la alternativa opuesta al correísmo es anti-correísta necesariamente. Simplemente, el voto no-correísta en segunda vuelta ha venido aumentando desde hace algunos años y, como contraparte, el voto correísta ha venido cayendo, de manera lenta pero sostenida, sin nada que llame la atención. Las marcas políticas sufren un desgaste natural y eso es normal. El candidato correísta recibió en 2025 siete puntos menos de los que recibió en 2017 durante la década de gran rendimiento electoral del correísmo, y la alternativa no-correísta recibió siete puntos más. Nada del otro mundo.
Ya me puedo imaginar las objeciones.
“¿Cómo es posible que la mayoría de los votos de los otros candidatos fueran a un solo candidato?” Eso es lo que pasó en Brasil y pasó en Ecuador. Tómese unos minutos para dar una vuelta por X (twitter) y revise los análisis de inferencia ecológica que han circulado en estos días para Brasil. Para Ecuador publiqué al respecto en 2025. Para tomar un caso emblemático, la votación del tercer lugar, Leonidas Iza, alrededor del 5% de los votos en primera vuelta, fue de lo más fuerte en Cotopaxi. En Saquisilí, cantón Cotopaxi, por lo menos el 70% de los votos de Iza se fueron a Noboa en la segunda vuelta.
“Los números de Noboa siguen siendo inverosímiles”. Como mínimo, Noboa iba a alcanzar cerca de los 5.3 millones de votos que alcanzó en 2023. Luisa González sacó lo que el correísmo ha sacado en las últimas tres elecciones presidenciales: 4.7 millones en 2025, 4.9 millones en 2023, 4.2 millones en 2021. La votación del correísmo ha mostrado ser bastante estática.
“¿Por qué entonces todas las encuestas pronosticaban un empate en la segunda vuelta?” Por varias razones metodológicas, pero una de las principales fue que utilizaron la distribución de votos en primera vuelta como factor de ponderación. El resultado sin ponderar de Telcodata y Comunicaliza se acercaba mucho más al resultado final.
“En Ecuador hubo lugares donde Luisa Gonzalez perdió votos”. En Brasil también hubo lugares donde Bolsonaro retrocedió con respecto a la votación en primera vuelta. Esto se lo debo a mi colega Juan Machado. Por ejemplo, Campos dos Goytacazes (Rio de Janeiro) es aparentemente la mayor remontada de Lula entre las municipalidades con más de 50 mil votantes. Flávio Bolsonaro ahí perdió votos mientras que Lula sumó alrededor de 25 mil.
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Creo que hay inmensas lecciones para aprender de la campaña de Lula. Pelear y no ceder el espacio de la conversación digital, movilizar votantes con un aparato político con presencia territorial, el performance en el debate presidencial, etc. Además, hubo votantes que dejaron de votar, anularon o directamente cambiaron el voto debido al miedo a las consecuencias de un gobierno de Bolsonaro.
Ese es el tema con las tácticas de campaña. Funcionan para quien las puede desplegar. El correísmo tiene lo que los politólogos llaman un “problema de marca” (literalmente, problemas con “the party brand”). En 2025, la dominación de la conversación digital, el despliegue de bonos y la instalación de la idea del miedo a lo que puede pasar si vuelve al correísmo, son todos factores que explican el ascenso en la votación de Noboa.
La mecánica electoral que explica la victoria de Lula (que unos celebran como proeza y otros acusan de fraude) tiene mucho de parecido con la mecánica electoral que explica la victoria de Noboa 2025 —que unos celebraron como proeza y otros acusaron de fraude.




