Otra vez elecciones en Ecuador, pero…
¿Qué mismo pasó en las elecciones anteriores? (Parte 1)
La Parte Honda sigue siendo una publicación ocasional sobre elecciones y opinión pública en Ecuador. Después de una pausa, volvemos al aire porque el domingo 16 de noviembre los ecuatorianos volverán a votar. Será la tercera ocasión en este año, esta vez para expresar apoyo o rechazo a cuatro preguntas que conforman una consulta popular convocada por el gobierno nacional.
Más específicamente, volvemos al aire porque han pasado siete meses desde la elección anterior, nunca terminamos de escribir un análisis completo de la elección presidencial, una nueva elección nos cayó encima, y tenemos la sensación de que no discutimos los resultados anteriores lo suficiente. A veces, la vida se interpone. Como siempre, bienvenido de vuelta. Si le gusta lo que lee, le invito a compartirlo —JRS
Una de las frases más memorables de Ted Lasso, el personaje principal del show que lleva su nombre, es: “be a goldfish!”. La frase completa es la siguiente: “You know what the happiest animal on Earth is? It’s a goldfish. You know why? Got a 10-second memory. Be a goldfish” [¿Sabes cuál es el animal más feliz del planeta? El pez dorado. ¿Sabes por qué? Porque su memoria es de apenas 10 segundos. ¡Sé como el pez dorado! ]
Lasso, entrenador de fútbol en el show y optimista empedernido, les da ese consejo a las personas: olvida y serás feliz.
En elecciones es diferente: olvida y no aprenderás nada. En Ecuador damos vuelta a la página demasiado rápido. Han pasado siete meses desde las elecciones presidenciales en Ecuador y durante todo este tiempo he sentido el peso de una deuda —adquirida por lo menos conmigo mismo— por no haber escrito nada más sistemático sobre los resultados. Ciertamente publicamos un artículo de análisis después de la segunda vuelta con GK y tuvimos una conversación súper entretenida en el canal de Youtube de Jacobo García. Pero durante varias semanas después de las elecciones dediqué muchas horas a revisar resultados, conversar con varios encuestadores, y entrevistar individuos encargados del control electoral, y sin embargo no escribí ningún análisis después de todo ese trabajo. A veces la vida se interpone.
La sensación de quedar debiendo un análisis que nunca escribí coincide con la sensación de que la conversación pública al respecto tampoco nunca avanzó. El expresidente Correa y la candidata y dirigente principal de la Revolución Ciudadana (RC), Luisa González, siguen sosteniendo que las elecciones fueron fraudulentas. Otros representantes de la RC aceptaron los resultados y siguieron adelante. El presidente electo Daniel Noboa simplemente celebró la aplastante victoria. La idea que quedó es que algo inusual ocurrió en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, pero no se discutió lo suficiente.
En este y el siguiente artículo —porque todo no va a entrar en uno solo— quiero proponer que no hay necesariamente nada inusual en los resultados (siete meses más tarde, yo sé). Pero sobre todo (¡y esto sí es totalmente relevante en la actualidad!), que las elecciones, además de ser significativas porque su resultado determina el rumbo de un país entero, nos dicen algo más allá del resultado inmediato. Las elecciones, por sobre todo lo demás, nos dicen algo sobre las preferencias de los electores. En el fondo, nos dicen algo sobre la sociedad misma, siempre y cuando adoptemos la perspectiva adecuada. Las elecciones presidenciales de 2025 son parte de una tendencia más amplia que tiene su origen hace algunos años en Ecuador.
Una elección extremadamente inusual con un resultado nada fuera de lo normal
El argumento del fraude electoral se sostiene sobre una observación evidente: es muy inusual que la candidata finalista de la RC, Luisa González, no haya aumentado prácticamente en nada su votación entre primera y segunda vuelta, mientras que Daniel Noboa, el ganador de la elección, parece haberse llevado todos los votos que habían ido a los otros candidatos en primera vuelta. Es más, en algunos lugares, González disminuyó en votos.
Suspenda por un momento la idea de que tuvimos una primera vuelta. Le prometo que el artículo de mañana será precisamente sobre los resultados de la segunda vuelta en relación a la primera, pero por ahora imagine que un extraterrestre aparece y le pregunta sobre los resultados de las elecciones de segunda vuelta en el Ecuador de los últimos ocho años. Usted diría que, en términos generales, ha habido una tendencia ascendente del voto no-correísta. No digamos “anti-correísta” porque no todo aquel que vota por la alternativa opuesta al correísmo es anti-correísta necesariamente. Simplemente, el voto no-correísta en segunda vuelta ha venido aumentando desde hace algunos años y, como contraparte, el voto correísta ha venido cayendo, de manera lenta pero sostenida, sin nada que llame la atención. Las marcas políticas sufren un desgaste natural y eso es normal. El candidato correísta recibió en 2025 siete puntos menos de los que recibió en 2017 durante la década de gran rendimiento electoral del correísmo, y la alternativa no-correísta recibió siete puntos más. Nada del otro mundo, amigo extraterrestre.
Seamos más precisos. Considerando a todos los votantes, incluyendo los que votan nulo y blanco, la historia de las segundas vueltas en Ecuador desde 2017 está resumida en la siguiente figura y sería así. En 2017, el candidato del correísmo ganó la presidencia superando al candidato no-correísta 48-45. Ese fue el final de la década de alto rendimiento electoral del correísmo como movimiento político a nivel nacional. Cuatro años más tarde, en la segunda vuelta de 2021, hubo un masivo voto de rechazo a ambos candidatos finalistas que se expresó en un altísimo porcentaje de voto nulo. Entre el voto nulo y el voto blanco alcanzaron el 18%. Sólo el voto nulo fue 16%: una de cada seis personas depositó un voto nulo en esa elección. Como es evidente, ese masivo voto nulo afectó más al correísmo que al no-correísmo. El correísmo cayó del 48% al 39% entre 2017 y 2021, mientras que el no-correísmo cayó apenas de 45% a 43%. En 2021 publicamos un análisis detallado precisamente de cómo el voto nulo permitió la victoria de Guillermo Lasso en esas elecciones.
Cuatro años después, en la segunda vuelta de 2023, los votos blancos y nulos retornaron a su nivel más común. El correísmo recuperó parte de los votos que había perdido como votos nulos en la elección anterior, pero —y esto es clave— no regresó al nivel de 2017. El voto no-correísta, en cambio, no sólo regresó al nivel de 2017 sino que lo superó y alcanzó el 47% del total de los votos. El correísmo perdió esa segunda vuelta de 2023, 44-47. Ese fue el momento clave de transición en el electorado contemporáneo. No antes ni después. La elección de 2023 fue cuando una parte del electorado que antes votaba por el correísmo y que en 2021 le había negado su apoyo para votar nulo, terminó cambiando de bando por completo y apoyó a la alternativa no-correísta. El nulo de 2021 abrió la puerta para votar diferente para varios electores que antes apoyaban al correísmo; en la elección de 2023, estos votantes cruzaron al otro lado.
La segunda vuelta de 2025, desde esta perspectiva, luce absolutamente ordinaria. El voto correísta cayó tres puntos con respecto a 2023, y la alternativa no-correísta aumentó cinco puntos. Materia de otro análisis: cuánto de ese crecimiento son votantes adicionales que cambiaron de bando, versus cuántos son nuevos votantes que se incorporaron al padrón electoral y tienen preferencias no-correístas. Me encantaría tener los datos para saberlo.
Puestos en perspectiva, los resultados de la segunda vuelta de 2025 son parte de una tendencia de largo plazo de declive del apoyo electoral al correísmo. La novedad —la auténtica novedad de esa elección— es que por primera vez el porcentaje de votación del candidato no-correísta superó el 50%: la mayoría de los votantes prefirieron la opción no-correísta por primera vez desde que el correísmo apareció en escena.
Para decirlo con claridad: esto no quiere decir necesariamente que los resultados indican un movimiento irreversible en las preferencias del electorado ecuatoriano, o que no hubo anomalías en la elección que, por lo menos a mí, me llamaron la atención. Las hubo y más abajo las describo. Pero sugerir que la elección fue fraudulenta por una mecánica electoral no comprendida es perder de vista el movimiento general del electorado en el Ecuador desde hace algunos años.
¿Por qué todo esto debe importarnos ahora? Porque entender mejor las tendencias en el electorado nos permite calibrar mejor las expectativas con respecto a las elecciones venideras. Por eso, además de esta visión general, hay que mirar más en detalle.
Los patrones de votación en el Ecuador
En Ecuador hay cuatro patrones de votación. Los dos primeros son los dominantes en el sentido de que describen a la gran mayoría de cantones y parroquias que comprenden la mayoría de votantes en el país, y el tercero y el cuarto son excepcionales. Vamos uno por uno.
El primero es el patrón de ascenso rápido y sostenido del voto no-correísta. Comparado con la tendencia general que describimos más arriba, este es el patrón de los cantones donde el voto no-correísta ha aumentado más rápido que el promedio: en estos cantones, entre el 2017 y 2025 el apoyo electoral al no-correísmo ha crecido entre 10-15 puntos. Es el patrón que exhiben literalmente todos los cantones capitales de provincia en la Sierra (con una única excepción: Guaranda en Bolívar). Cantones como Ambato, Loja, Riobamba o Latacunga empezaron con un punto de partida ya bastante alto en 2017: alrededor del 60% de sus votantes preferían la alternativa no-correísta cuando, a la hora de la hora en la segunda vuelta, las opciones eran sólo dos. Para 2025, la proporción ascendió a tres de cada cuatro votantes (75%) en Ambato, Loja y Riobamba, y 66% de votantes en Latacunga, que prefirieron al candidato no-correísta.
Quito, el cantón más grande del país en número de votantes, y Cuenca, el tercer cantón más grande, empezaron con un punto de partida más bajo en 2017 (ambos por debajo del 50% de apoyo al no-correísmo), pero exhiben la misma magnitud de crecimiento del apoyo electoral al no-correísmo en este período. Para 2025, la mayoría del electorado en estos dos cantones prefiere la alternativa no-correísta cuando la elección se reduce a dos opciones.
Conviene pensar en lo que esto significa. En los últimos ocho años, ha habido diferentes rostros en la política representando la alternativa no-correísta. Ha habido una pandemia, escasez energética, escalada de violencia e inseguridad, escándalos de corrupción, dos paros nacionales (el paro más reciente, el tercero, es posterior a la elección de 2025 de la que estamos hablando), una revolución tecnológica, etc. La imagen de los políticos que han encarnado el no-correísmo —medida a través de indicadores de credibilidad y favorabilidad— y la evaluación de la gestión de aquellos que han sido electos —medida a través de indicadores de aprobación— ha variado mucho pasando de picos altos a niveles muy bajos, siempre vinculados a la coyuntura.
Sólo para tomar a los dos últimos presidentes en funciones como ejemplo, Guillermo Lasso pasó de un pico de favorabilidad durante la vacunación contra el covid-19 a un nivel bajo de valoración durante la época de las primeras masacres carcelarias. Daniel Noboa pasó de un nivel medio de favorabilidad cuando recién inaugurado a un nivel alto durante los primeros meses del 2024 después del episodio del ataque armado a TC Televisión, luego recibió baja valoración durante los meses de escasez energética y las 14 horas diarias de apagones, y después recuperó sus números alrededor de la reelección.
En suma, la favorabilidad y la gestión de los políticos no-correístas fluctúa en función de la coyuntura pero el apoyo electoral al no-correísmo se ha mantenido en ascenso a pesar de todo. La porción mayoritaria de los electores en los territorios de este patrón ha decidido votar en contra del correísmo a pesar de sus reparos a la gestión, credibilidad o probidad de los líderes no-correístas. No es que estos electores no tengan críticas o celebren las falencias en la gestión pública o los escándalos de corrupción. Tampoco es que son electores homogéneos o que estén en el mismo plano de condiciones materiales. En Quito, el no-correísmo tuvo apoyo mayoritario por amplia diferencia tanto en Cumbayá o Rumipamba como en Solanda o Chilibulo. Las condiciones materiales y el nivel de favorabilidad aquí aparentemente no importan: cualquier alternativa es preferible al correísmo. El correísmo tiene lo que los politólogos llaman un “problema de marca” (literalmente, problemas con “the party brand”).
Hace poco, Pedro Donoso de Icare y Carlos Coronel del Centro de Investigaciones y Estudios Especializados (CIEES), discutiendo una encuesta reciente del CIEES, mostraban que ante la pregunta de “quién se preocupa más por usted y su familia”, en Quito 17% de las personas dicen que es el gobierno y tan solo 11% responde que es la oposición quien más se preocupa. Si por oposición se entiende al correísmo, estos números son un indicio de la percepción de la población.
El segundo patrón es, en cambio, el patrón de retroceso lento del rendimiento electoral del correísmo. Como se sobreentiende, el correísmo retrocede rápido en los territorios del primer patrón donde el no-correísmo asciende rápido. Por el contrario, los territorios que exhiben el segundo patrón son aquellos donde la caída del apoyo electoral al correísmo es lenta pero sostenida: entre 2017 y 2025 la votación del correísmo en segunda vuelta en estos territorios ha caído entre 5-10 puntos. Es el patrón que exhiben las ciudades principales de todas las provincias de la Costa con excepción de Esmeraldas.
Guayaquil es el caso más notable de este grupo porque constituye el segundo cantón más grande del país en número de electores. Entre Quito y Guayaquil comprenden alrededor del 30% de los votantes a nivel nacional, a razón de más o menos 15% cada uno. Las encuestas que se levantan exclusivamente en Quito y Guayaquil son precisamente relevantes por esta razón. Su utilidad no radica en ser predictivas a nivel nacional. Por ejemplo, para tener una estimación de la intención de voto de un determinado candidato a nivel nacional, ciertamente una encuesta de Quito y Guayaquil es insuficiente porque la intención del voto en estas ciudades no se puede extrapolar al resto del país. Pero las encuestas de Quito y Guayaquil son extremadamente informativas para otros temas porque permiten contrastar los dos casos más representativos de los dos patrones dominantes en el electorado del Ecuador: el de inclinación predominantemente no-correísta “a pesar de todo” y el del bastión del correísmo que muestra fisuras pero se mantiene.
Conviene, igualmente, pensar en las bases sociológicas de este proceso. Uno de los libros más sobresalientes que examinan un segmento del electorado contemporáneo en los Estados Unidos es Steadfast Democrats: How Social Forces Shape Black Political Behavior de Ismail White y Chryl Laird. El libro parte de la observación empírica de que, de todos los grupos raciales en el electorado estadounidense, los afroamericanos son los únicos que han mantenido su apoyo electoral al partido demócrata, a diferencia de los blancos, los latinos o los asiáticos en años recientes, y a pesar de la heterogeneidad interna de los afroamericanos en términos socioeconómicos o ideológicos. ¿Por qué los afroamericanos, ricos y pobres, conservadores o liberales, se mantienen votando mayoritariamente por los demócratas? De eso se trata el libro, y los autores exploran diferentes mecanismos como las expectativas, los beneficios y penalidades, simbólicos y sociales, que mantienen “la unidad del grupo con respecto a las preferencias políticas [...] a pesar de los incentivos individuales de romper con la regla grupal y actuar de manera diferente” (p. 3).
Me parece que un marco conceptual parecido aplica para la votación por el correísmo en los territorios donde votar por el correísmo es, en cierta forma, parte de la identidad. No es que los “ricos votan por el correísmo a pesar de ser ricos” en Manta o Portoviejo. Quizás algunos efectivamente lo hacen pero esa no es la intuición. La intuición aquí es que al comparar dos individuos de clase media, equivalentes en sus dimensiones demográficas o ideológicas, si uno es de Quito y otro es de Manta, el de Manta tendrá una probabilidad bastante más alta de votar por el correísmo. Las expectativas y las sanciones sociales existen y se aplican, y hace falta investigación para entenderlas mejor.
La misma pregunta de la encuesta del CIEES sobre quién se preocupa más por usted y su familia no muestra mucho mejores números para el correísmo en Guayaquil. Para cierta parte del electorado, votar por el correísmo no es tanto una convicción racional cuanto una convicción afectiva y una cuestión de identidad.
El tercer patrón es excepcional y corresponde a los territorios en donde el apoyo electoral al correísmo se ha mantenido estable entre 2017-2025. En determinados lugares ese apoyo incluso ha aumentado si se compara estrictamente 2017 y 2025, pero no de manera significativa. Los resultados electorales son obviamente limitados y no permiten ver nada sobre las dinámicas sociales que subyacen al comportamiento electoral. Me encantaría saber más sobre la opinión pública en general en estos territorios.
A la luz del reciente paro de septiembre-octubre de este año, me llama la atención que los cantones del epicentro de la protesta son cantones que exhiben este patrón. Otavalo y Cotacachi en Imbabura, Cayambe y Pedro Moncayo en Pichincha, y El Tambo en Cañar, todos escenarios de fuertes enfrentamientos y desmedida represión policial y militar, son territorios donde la votación del correísmo se ha mantenido al mismo nivel desde 2017. Además, a excepción de El Tambo, esa votación ha sido mayoritaria en todos estos casos.
La literatura especializada sobre la protesta social nos enseña que para que una movilización ocurra deben existir ventanas de oportunidad, marcos de interpretación, movilización de recursos, “empresarios” de la protesta que promueven la iniciativa, etc. Es decir, sería muy reduccionista —por no decir absurdo— vincular la movilización y la conflictividad al nivel de apoyo del correísmo. La observación aquí es que, al contrario de algunas interpretaciones que dicen que la gente de estos territorios rechaza la movilización y el gobierno salió fortalecido después de tantos días de paralización, la pregunta sobre los efectos del paro está, en cierto modo, planteada al revés. Los efectos sobre la imagen del gobierno en estos territorios es cuestión de medición, pero el patrón de votación muestra la inclinación general de partida de estos territorios.
Finalmente, el cuarto patrón también es excepcional y, estrictamente, más que un patrón son casos notables por ser anómalos y llamar la atención en el contexto de las elecciones de 2025 por salirse de la trayectoria que se esperaría. Se trata de casos en los que efectivamente la votación de 2025 luce bastante por fuera de la tendencia de las elecciones anteriores y presenta una diferencia con respeto a 2023 que resulta difícil de explicar. Se trata del caso de los cantones más grandes de la provincia de Esmeraldas (Esmeraldas y Quinindé) y de las comunidades más grandes de ecuatorianos en el exterior (España, Estados Unidos e Italia).
En todos estos casos, el salto del voto no-correísta entre 2023 y 2025 es de más de 10 puntos, lo cual sorprende dada la dirección de la tendencia hasta antes de 2023. Un salto de 10 puntos o más sobre votos totales, al cabo de apenas dos años, es difícil de explicar. De todos modos, y también para decirlo con claridad, los casos señalados constituyen una proporción extremadamente pequeña del total de la votación general. Esmeraldas, el caso más grande de este grupo, corresponde al 1.2% del total de votos emitidos a nivel nacional. Las anomalías, por más fuera de la norma que estén, no afectaron al resultado general de la elección, pero son casos para observar con curiosidad en unas nuevas elecciones.
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Las tendencias que aquí describimos no implican que hay una marcha irreversible en las preferencias del electorado ecuatoriano, pero sugieren que hay determinadas trayectorias identificables de las cuales las elecciones presidenciales de 2025 son parte, y que permiten calibrar las expectativas con respecto a futuras elecciones. Lo que estas tendencias implican para una próxima contienda es materia de otro artículo. Pero antes, hay que revisar lo que pasó entre la primera y la segunda vuelta de las últimas elecciones presidenciales de hace unos meses. Sobre eso es la Parte 2.








