El “nivel histórico del voto nulo” no existe
Y por qué es importante para el resultado oficial de las elecciones
La semana pasada participamos en la discusión sobre si Daniel Noboa podía ganar en primera vuelta o no. Este artículo es un breve apunte adicional a esa discusión, y se trata sobre el nivel y el efecto del voto nulo para los resultados electorales. Si esta es la primera vez que se topa con La Parte Honda, ¡bienvenido! La Parte Honda es una newsletter de política y epistemología que empecé a escribir regularmente hace poco. Si este contenido le aporta, le invito a recomendarlo a otras personas que pueden también encontrarle valor. —JRS
La semana pasada terminó el período en el que las encuestas electorales se podían difundir públicamente. Con eso también terminó una semana en la que se produjeron varias discusiones alrededor de la especulación de que, con las mediciones del momento, Daniel Noboa podría ganar en primera vuelta. Específicamente, la encuestadora más popular, Comunicaliza, presentó una medición que le daba a Daniel Noboa 38% de intención de voto con respecto a los votos totales, y sugirió que esa cifra se convertía en 47% de votos válidos.
Varias personas objetaron el método de conversión —ya sea por la aritmética o los supuestos. En esta newsletter optamos por no enfocarnos en los supuestos o adjudicar si la fórmula estaba bien aplicada, y preferimos mostrar cómo ha funcionado la conversión de votos totales a votos válidos en la vida real en todas las elecciones presidenciales de 2002 hasta 2023.
En resumen, una conversión de 38% a 47% es inverosímil. La explicación completa circuló la semana pasada.
De todas maneras, varias personas que generosamente leen este substack preguntaron sobre la matemática de la conversión y por qué el énfasis en el nivel del voto nulo. Creo que hay que explicarlo con claridad y, especialmente, abordar lo segundo.
Digámoslo directamente. Para calcular el resultado oficial de una elección, se obtiene la suma de los votos recibidos por todos los candidatos. Esos son los denominados “votos válidos”. Los votos válidos se usan como denominador en la división para obtener el porcentaje que constituye el resultado oficial. Por ejemplo: de 100 votantes, 50 votan por el candidato A, 40 votan por el candidato B, y 10 anulan su voto. El resultado oficial para el candidato A es 55.6%. Es decir, 50 dividido para 90. No se divide para 100 porque los votos nulos no entran en ese denominador.
De ese modo, mientras más elevado es número de votos nulos (y blancos, por cierto, que siempre son pocos), más pequeño es el denominador y más se “infla” el resultado oficial en la conversión de votos totales a votos válidos. En el ejemplo anterior, si los votos nulos son 20 (en lugar de 10), el resultado oficial del candidato A es 62.5% (y no 55.6%). El candidato A recibe la misma cantidad de votos (50), pero 50 dividido para 80 es más que 50 dividido para 90. Así es cómo los votos nulos influyen.

Ahora, entendiendo cómo influye el voto nulo en el resultado, una pregunta aparte es legítima: ¿hay alguna expectativa razonable para el nivel del voto nulo en las elecciones?
He escuchado varias veces hablar del “nivel histórico del voto nulo”. Tal cosa no existe. No hay un proceso natural que gobierna la producción de votos nulos de la misma forma que hay procesos que gobiernan los fenómenos naturales y producen ciertas regularidades. El nivel del voto nulo depende del contexto. Fíjense en la figura que circuló en el post de la semana pasada.
En 2023 los votos nulos y blancos alcanzaron el 9% de los votos totales. En 2021 llegaron al 13% en primera vuelta y, si recuerda bien, en segunda vuelta llegaron casi al 18% como resultado de la campaña por el voto nulo ideológico de Pachakutik. En 2009, en las elecciones generales después de la Asamblea Constituyente fueron 13%, y en 2006, las primeras elecciones después de la rebelión de los forajidos y el slogan de “fuera todos”, llegaron a 17%. No hay un patrón más allá del contexto político específico en el que se desarrollan las elecciones. No existe tal cosa como el “nivel histórico del voto nulo”.
Donde existe una cierta regularidad es en la relación entre número de candidatos y nivel de voto nulo: a mayor número de candidatos, mayor es el porcentaje de voto nulo, en promedio (es decir, como tendencia general).
Considere el ejemplo de las elecciones para alcalde. En todos los cantones hay un número diferente de candidatos compitiendo por la alcaldía. Al mirar los resultados, ocurre que en las contiendas con mayor número de candidatos el porcentaje de voto nulo es más elevado.
Una coincidencia llama la atención. En las elecciones anticipadas de 2023, con 8 candidatos compitiendo por la presidencia, el nivel del nulo fue 6.71%. En las elecciones seccionales del 2023, el promedio de voto nulo entre los cantones con 8 candidatos para la alcaldía fue 6.77% ¿Coincidencia o regularidad estadística? Imposible responder. Simplemente me pareció una notable coincidencia.
Las hipótesis más comunes en la literatura sugieren que mientras más compleja es una papeleta, mayor es el voto nulo porque (1) la complejidad produce confusión, especialmente en electores de menor nivel socioeconómico o educativo, o (2) la complejidad produce mayor rechazo al sistema electoral en su conjunto. Sea cual fuere la explicación, la tendencia observada es que a más candidatos, mayor voto nulo.
Como curiosidad, me fijé en el porcentaje de voto nulo de los únicos dos cantones con 16 candidatos en las elecciones seccionales de 2019. Los porcentajes fueron 8% (La Libertad, Santa Elena) y 10% (Yaguachi, Guayas). Hacia el final de la semana pasada circuló una medición de IPSOS que indicaba un 3% de voto nulo. En base a estos parámetros, y aunque todo puede pasar en elecciones, cabe que preguntarse si ese 3% parece probable. A mí me resulta bastante improbable.
Finalmente, el último efecto estructural que tiene el número de candidatos y el voto nulo es que el “pastel” de votos válidos que se reparte para determinar el ganador es más pequeño, y por tanto hace que el desenlace en contiendas de muchos candidatos sea más impredecible porque las diferencias entre los primeros lugares son más estrechas.
No estaría previsto aparentemente para estas elecciones, dado que los dos candidatos delanteros se separan por bastante distancia de los demás candidatos, pero si la elección fuera más apretada, el alto número de candidatos, y el elevado voto nulo, tendría el efecto de producir una elección más volátil. Eso ocurrió, por ejemplo, en el caso de la alcaldía de Quito en 2019, cuando Jorge Yunda ganó con 22% de los votos válidos, pero la distancia entre el primero (Yunda) y el cuarto lugar (César Montúfar) fue de apenas 60 mil votos, en una ciudad de 1.6 millones de votantes. Reitero, al momento, ese escenario no está previsto para las elecciones del domingo.



